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Cuando mi hija Ava estaba en sexto grado, me preguntó si podía ir sola a la escuela. Recorríamos aquel camino a menudo. Pensé que era una gran idea, una caminata saludable antes de clases le permitiría sentirse en casa aún cuando estuviera en el mundo más allá de nuestro patio. Además, tengo vívidos recuerdos del camino que yo misma recorría de ida y vuelta a la escuela, encontrando amigos a lo largo del mismo.

Me embargó un momento de preocupación. Se trataba de mi bebé. Visiones de mi hija perdida, secuestrada, sola y herida recorrieron mi mente. Sin embargo, me contuve, me recordé a mí misma que si quería criarla para ser una adulta competente, debía permitirle avanzar hacia la independencia cuando estuviera lista para ello. “¡Buena idea!”, dije. “Veamos qué opina papá”.

Tenía la corazonada de que a su padre no le gustaría. En teoría, coincide conmigo sobre la libertad durante la niñez, pero se preocupa por la seguridad. A pesar de ello, no estaba preparada para el intenso horror de su reacción.

¿Realmente me estaba tomando la vida de mi hija a la ligera, tal como pensaba mi esposo? o ¿acaso él, al igual que muchos otros padres amorosos, había desarrollado tanto miedo hacia lo que podría salir mal que no solo estaba protegiendo a mi hija del peligro sino también de crecer? Mi madre me brindó mucha libertad cuando era niña, y hoy en día atribuyo la seguridad que siento en mí misma a esa independencia. Pero ¿acaso estaba idealizando aquella libertad a costo de mi hija? ¿Existen tantos “cocos” hoy en día que los niños no deberían ir solos a la escuela? Le di un vistazo a los datos. En 1999, el último año del que obtuve datos comprensibles, aproximadamente 800,000 niños menores de 18 años desaparecieron, de acuerdo con el Centro para Niños Desaparecidos y Explotados. Sin embargo, una reducida cantidad (115) de dichos niños fue víctima del tipo de secuestro que solemos temer: una abducción perpetrada por un desconocido. Más de 200,000 fueron secuestrados por miembros de la familia (generalmente uno de los padres). Por lo tanto, parece que mi hija corre mayor peligro con su familia inmediata que con el “coco”.

No me opongo a proteger a mi hija, para nada. Insisto en que use el cinturón de seguridad y el casco para andar en bicicleta. Tengo dificultades para confiar en las niñeras. Me aseguro de que reciba sus vacunas. Dichas manifestaciones de la aversión que nuestra sociedad siente hacia el riesgo (desde el invento del asiento infantil para autos hasta el protector solar) han salvado a innumerables niños de lesiones y enfermedades innecesarias. Sin embargo, la niñez es un estado temporal. ¿Acaso la meta no es criar un niño independiente que sea un adulto competente? Sé que resulta difícil desprenderse. Pero creo que es lo que los niños necesitan que hagamos. De hecho, existen importantes investigaciones que sugieren que no permitir que los niños experimenten el mundo sin supervisión, cometan errores, sientan miedo, resuelvan la situación y se recuperen conlleva a adultos depresivos, ansiosos, infelices e incapaces (enlace en inglés). Un estudio (enlace en inglés) descubrió que los estudiantes en edad universitaria con “padres helicóptero” padres que siempre “están encima” con el propósito de evitar que algo malo les suceda a sus hijos) tienen mayor tendencia a mostrar dependencia hacia otras personas, exhiben estrategias pobres para superar dificultades y carecen de habilidades como la responsabilidad y diligencia.

Los padres que presentan dificultades al decidir cuánta supervisión es necesaria son motivados por amor hacia su hijo, pero también por miedo: de un mundo lleno de peligro y/o de las críticas de otros padres. Este hecho no se debe a que el mundo sea más peligroso en comparación a cuando yo caminaba a la escuela en tercer grado. En aquel entonces, el mundo no era tan peligroso. Y hoy en día lo es aún menos. Los crímenes violentos se han reducido un 48 por ciento entre 1993 y 2012.

Incluso si el miedo al “coco” es una exageración, el miedo hacia lo que otros padres pensarán de nuestras decisiones es real. En 2012, una madre de Texas fue arrestada por permitir que sus hijos de 6 y 9 años jugaran frente a su propia casa. En 2014, una madre de Florida fue arrestada y acusada de negligencia (enlace en inglés) por permitir que su hijo de 7 años fuera caminando hasta un parque cercano para jugar. Una madre de Carolina del Sur fue arrestada y su hijo quedó a cargo de los Servicios de Protección (enlace en inglés) cuando permitió que su hijo de 9 años jugara en el parque sin supervisión. En Maryland, en el año 2015, una pareja de padres que permitió a sus hijos, de 10 y 6 años, regresar caminando desde un parque del vecindario fue visitada por la policía y los Servicios de Protección Infantil (enlace en inglés), aterrando a los niños y provocándole pesadillas al menor de ellos.

Por lo tanto, ¿cuándo deberíamos dejar al niño solo en casa?, ¿cuándo puede ir a la escuela por su cuenta?, ¿puede ir en bicicleta a la casa de un amigo?, ¿jugar en el parque sin adultos? Existen pocas leyes que regulen estas acciones. Algunos estados especifican u ofrecen pautas con respecto a cuándo un niño puede quedarse solo en casa (enlace en inglés), pero no concuerdan entre ellos. Debido a que evidentemente no estamos de acuerdo y estamos dispuestos a encarcelar a los padres que cometan errores, esta es un área que exige un profundo debate. Incluso si dicha preocupación por la seguridad de los niños parece buena, cada vez existen más pruebas que sugieren que no resulta beneficioso para los adultos en que se convertirán algún día.

Los expertos notan una correlación entre el actual incremento de proteccionismo en la vida de los niños y enfermedades mentales durante la adolescencia y adultez. “Ha surgido una tendencia paralela de problemas psicológicos que van en aumento entre los jóvenes”, indica el Dr. Robert Epstein, psicólogo veterano de investigación en el American Institute for Behavioral Research and Technology. “Opino que están conectados. La infantilización, incremento de restricciones, sobreprotección, entre otros, están causando tal aumento de problemas psicológicos que el 49.5 por ciento de nuestros jóvenes puede ser diagnosticado con al menos un problema de conducta o drogadicción”.

Epstein recomienda oponerse a la sobreprotección. En lugar de mantener a los niños bajo constante vigilancia, sugiere buscar oportunidades que les permitan jugar con libertad junto a otros niños de distintas edades.

Los humanos aprenden mediante la experiencia. Si nuestros padres no nos permiten aprender, nos criamos incapaces. Ray Charles cambió el escenario de la música estadounidense, redefinió el rocanrol e incentivó a muchos otros músicos ciegos y afroamericanos a que lucharan por sus sueños. Es bien sabido que su madre no lo sobreprotegió. Insistía en que Charles realizara tareas del hogar (incluyendo algunas que hoy en día consideraríamos peligrosas incluso para niños que pueden ver, como cortar leña y encender el fuego), ayudara a los demás y solucionara las cosas por sí mismo, a pesar de que comenzó a perder la visión a los 5 años y quedó completamente ciego a los 7 años. Sabía que su hijo necesitaba estar preparado, pues la vida para un hombre pobre, ciego y de color no sería fácil y ella no siempre estaría para ayudarle. De hecho, murió cuando Charles tenía 15 años. Estuvo ciego la mayor parte de su vida, pero nunca fue incompetente.

Me pregunto qué habría sido de él si su madre se hubiera visto impulsada por la pena o el miedo a mantenerlo a “salvo”.

¿Quieres más información? Lee aquí lo que los expertos tienen que decir sobre criar a un niño independiente.

Translated by: SpanishWithStyle.com

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