Cuando el consejero escolar dijo: “No veo cuál es el problema”, supe que teníamos un problema.

Sobre la mesa estaban las calificaciones de mi hijo que está en la escuela intermedia. Luego de nueve semanas de año escolar, sus calificaciones consistían en B y C, pero sabía que estaba teniendo problemas.

Le dije a sus maestros que estaba a punto de reprobar. La única razón por la que no tenía D y F en sus calificaciones era porque yo lo estaba ayudando, todos los días, todos los años.

Siempre esforzándose, siempre un poco atrasado

Mi hijo había seguido el mismo patrón desde el segundo grado. Al inicio del año escolar, me prometía que daría lo mejor de sí mismo. Y así lo haría, casi hasta el final del primer trimestre, pero no del todo.

Los exámenes reprobados y las calificaciones escritas con rojo aparecerían como las primeras gotas de lluvia, poco a poco, hasta que no quedaba rastro del cielo azul y las nubes negras aparecían. Durante el resto del año, tendría que regañarlo, persuadirlo, sobornarlo y preocuparme mientras él (nosotros) luchaba por no reprobar.

La escuela era fácil para sus hermanos. Sus maestros me dijeron que no hiciera comparaciones y nunca lo hice. Él era un chico diferente. Nunca esperé que destacara en su salón.

Pero sí esperaba que entendiera las lecciones. Y no lo hacía, al menos no del todo. Siempre estaba un poco atrasado. No lo suficiente como para reprobar, pero lo suficiente como para que él mismo supiera que siempre estaba atrasado.

Me sentí desamparada al buscar ayuda

Algunas evaluaciones tempranas demostraron que se encontraba al nivel del grado. Nos dijeron que no necesitaba ayuda, pero el psicólogo escolar sugirió el uso de estrategias auditivas para ayudarle con su tarea. Pudimos identificar una discapacidad de procesamiento deficiente, pero descubrimos que la Ley de Educación para Individuos con Discapacidades (IDEA, por sus siglas en inglés) no la reconocía.

La escuela intermedia fue incluso más difícil para él debido a las diferentes aulas de clases, grandes bloques de información y reglas más estrictas. Se esperaba que hiciera más, sin necesidad de mi ayuda.

Estaba segura de que mi hijo tenía la capacidad para lograr prosperar en la vida, pero me preocupaba su capacidad para seguir el ritmo de la clase. Obtenía notas por debajo del nivel básico en matemáticas, pero construía intrincadas estructuras con sus Legos. No podía analizar cuentos, pero era un excelente artista. Esas habilidades tenían que servir para algo, ¿no?

En casa y en el mundo real, sí. Pero en la escuela, no mucho. Me preocupaba que no pudiera soportar la escuela secundaria. Pero cuando busqué ayuda, me dijeron: “Él está bien, no ha reprobado”.

¿Hay ayuda para los chicos que pasan desapercibidos?

Pasé años hablando con los maestros y directores de mi hijo. Todos los años exponía su expediente académico, explicaba sus retos y pedía asistencia (no oficial) para que pudiera tener éxito. Finalmente, me di cuenta de que yo necesitaba asesoría. Por lo que contacté a Kelly Price, defensora de la educación especial y entrenadora de Our Special Ed Advocate.

Le pregunté por qué era tan difícil convencer a los maestros de que mi hijo necesitaba ayuda. Ella me indicó que los padres suelen tener ideas equivocadas de lo que pueden ofrecer las escuelas.

“Puede ser que los padres hayan tenido sus propios problemas de aprendizaje y sienten aprehensión por hablar con la escuela”, dice. “O los padres asumen que la escuela hará lo correcto de forma automática. Los padres deben entender que la intervención de la escuela tiene que estar basada en las capacidades educativas”. Si no hay información que indique un problema, entonces no hay ningún problema por resolver.

Sentía que nadie nos escuchaba

Eso no quiere decir que las escuelas no ayudan a establecer un plan para el éxito, dice Cindi Kehoe, doctora en educación y directora de Intervention Services and Alternate Programs para el distrito escolar de Redding con sede en California. Y los padres tienen el derecho a pedir que lo hagan.

Tanto Kehoe como Price están de acuerdo en que la ayuda para estudiantes marginados que no están críticamente rezagados comienza al crearse una relación entre los padres y los educadores. Esto puede ser un trabajo pesado para los padres que están sobrecargados. Puede requerir algo de esfuerzo, pero te ayudará a crear una relación donde sientes que te prestan atención. La clave está en mantenerse calmado, sin crear conflictos. También es importante ser persistente.

Trenton Wilson, asesor de estudios y padre de tres hijos de Utah, dice que las discapacidades de su hija tampoco eran lo suficientemente evidentes como para administrar una Adaptación Curricular Significativa (o IEP en inglés). Se dio cuenta de que una comunicación firme, pero al mismo tiempo abierta y voluntariosa con los maestros hizo que estos prestaran atención a las necesidades especiales de su hija. “Mi esposa les enseñó sobre la discapacidad de nuestra hija, les preguntó cómo podía ayudar ella, se ofreció para asistir en el aula de clases y siempre planificaba por adelantado para el año siguiente”, dice. Price indica: “Los maestros son expertos en educación, pero los padres son los expertos en sus hijos. Necesitamos trabajar juntos”.

Ser firme cuando se trata de tu hijo

Resulta que había estado tanto en lo correcto como equivocada con respecto a la gestión del éxito educativo de mi hijo. Había estado en lo correcto al iniciar las reuniones, pero había estado equivocada al pensar que la escuela no me ayudaría simplemente porque había consultado con un asesor poco cooperador.

Como señaló Cheryl Roshak, quien ayudó a su hijo disléxico y con TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) en su camino por la escuela: “Si trabajas sin cesar y sigues buscando, encontrarás ayuda, pero el padre debe poner todo de su parte”.

Si bien me gustaría que las cosas fueran diferentes, he aprendido que no hay una cura infalible para el niño atrapado en el limbo. Mi trabajo seguirá siendo defender a mi hijo y recordarle con tacto a nuestro “equipo” los objetivos de este. Saber que tengo el derecho a hacer peticiones y tener en cuenta cómo hacerlas me ayuda a saber que estoy haciendo lo correcto.

Gracias a nuestra estrategia de trabajo en equipo, tengo la esperanza de que se graduará con dignidad y creyendo lo suficiente en sí mismo como para perseguir sus pasiones. ¿Es una tarea fácil? Definitivamente no. Pero ¿vale la pena? Sin lugar a duda.

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